No me puedo creer que haya pasado ya un año sin él. Le sigo echando tanto de menos...El Domingo pasado celebramos la Ascensión. Escuchando el Evangelio me sentí triste al contemplar la escena desde los apóstoles: Jesús había sido un auténtico amigo, los había querido hasta la muerte y les abrió la mente y el corazón de manera inimaginable. Era el Amigo, y lo mataron. No soy capaz de imaginar el dolor de aquellos amigos ante la pérdida de Jesús, tuvo que ser un desgarro brutal. Pero Jesús cumple su promesa, y vuelve entre ellos. Menudo alegrón se llevarían al caer en la cuenta de que todo lo que les había dicho era cierto. Y tras haberlo recuperado se vuelve a despedir para subir al Padre. Otra vez se va. Y otra vez la pena de volverlo a ver marchar, el desgarro de la separación por segunda vez. Me dio pena escuchar la Ascensión y me llamó la atención ese sentimiento, que compartí con Javi sj, puesto que se supone que es un momento de alegría, esperanza y agradecimiento.
Javi sj me sugirió la idea que os estoy tratando de transmitir en estas líneas al decirme que la enseñanza de la Ascensión es que hay que amar en libertad, sin acaparar al otro, algo que nos suele costar, y que aunque difícil es bonito. Me quedé rumiando sus palabras y recordé algo que leí no hace mucho en un libro de Rambla sj en el que hace un recorrido por el diario de Egide, un jesuita obrero, quien fundamenta su fe en la amistad con los pobres. En una de las páginas del diario de Egide este comenta que para él "la despedida de un amigo es como el sacrificio de Abraham". Es decir, que la entrega al Padre de lo más preciado no es incompatible con la dificultad que entraña dicha separación, de tal forma que uno puede aceptar desprenderse de una persona querida (de un hijo en caso de Abraham), aceptar con gusto la distancia con ella si es la voluntad de Dios y al mismo tiempo echarle mucho de menos, descubrir en el día a día el vacío que esa persona dejó, y desear querer tenerla cerca y abrazarla... Mi reto es querer a mis "amigos" -en sentido amplio y profundo- tanto como para que en cada despedida se me parta el alma. La clave está en no pretender entender, más que con el corazón, las cosas de Dios, de ahí que solo puedo estar agradecida por el padre que me regaló, así como por cada instante que puedo disfrutar de los que quiero, aunque no sean tantos como yo desearía.

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